PRÓLOGO


ERMILO ABREU GOMEZ

      Hace tiempo que Abreu Gómez no ha publicado una obra de imaginación. Desde que Canek lo colocó en la historia de nuestras letras, acaso nada había salido de su pluma que pudiera equiparársele tanto como esta obra que ahora publicamos y que constituye en cierto modo, una visión recóndita de su tierra, verdadera guía de Yucatán para uso de no turistas.

      ERMILO ABREU GOMEZ nació en Mérida, Yucatán, en 1894. De él dice la Enciclopedia de la literatura que es "una de las figuras más notorias del movimiento cultural contemporáneo en México". Como crítico literario ha arrojado mucha luz sobre la figura de Sor Juana Inés de la Cruz, varias de cuyas obras editó. Entre sus libros destacan: Canek, El corcovado, La vida milagrosa del venerable siervo de Dios Gregorio López. Está publicando, también, sus memorias. Entre sus obras de crítica, Clásicos, románticos y modernos. Actualmente, es alto funcionario de la Unión Panamericana.



DE UN LECTOR AL LECTOR...

      Contar pequeñas cosas, esas pequeñas cosas de todos los días, es lo que nos da Ermilo en este su libro, tan lleno de gracia y de buen decir como él lo sabe hacer. Éste es el juicio de un lector, sin pretensiones de crítico que recurre al libro para llenar un intervalo. Este lector se encuentra con que, sin saber cómo, lo ha leído hasta terminar. Le ha sucedido lo que le sucedía a aquél que tomaba uno de esos viejos calendarios de "taco" y empezaba a leer lo que figuraba en el reverso de las hojas y, de pronto, se encontraba con que terminaba el año sin que éste hubiera empezado. ¡Dios me libre comparar las páginas que siguen con aquella literatura de acertijos, versos de Campoamor, charadas y chistes de baturros y andaluces! Nada más lejos de mi intención. Sólo quiero señalar un hecho y es el siguiente: una vez que se toma el libro de Ermilo no se le puede dejar sin llegar a la última página, y esto con pena al ver que ya las hojas se han acabado.

      Siento y he sentido desde que leí las recientes páginas de Ermilo -Canek y San Francisco, por ejemplo- una gran admiración por él. Creo, dentro de mi calidad de lector, "público en general", que es uno de los mejores escritores en lengua española. Me emociona su sincera sencillez. Más tarde cuando le conocí personalmente mi admiración se convirtió, mejor dicho se unió a una estrecha amistad. Con él he pasado ratos muy agradables simplemente oyéndole hablar que es como si dijera sus escritos, pues habla con la misma naturalidad que escribe, con un tono suave, amigable, humano y, a veces, lleno de ironía. Sus libros más recientes -La del alba sería- pongamos por caso- revelan su mismo tono de voz. Leerlo es escucharlo.

      Cosas de mi pueblo es un conjunto de recuerdos de aquello que hoy va desapareciendo en la vida diaria, de hace unos años, no muchos, en Mérida de Yucatán, pero que también podría ser del otro Mérida, de Extremadura o del otro de Venezuela. El ambiente español -mejor dicho- el ambiente criollo realiza este milagro de identidad. Aun la mayoría de las "cosas" que por su nombre indígena o por el personaje indio que evocan, ocurren u ocurrían, en tiempos bien cercanos, en los pueblos de mi provincia, en la mesta castellana, la Mancha o en los límites con Extremadura. Tengo la impresión -y esto, el lector de otras zonas de lengua española lo podrá afirmar o rectificar- que había, hasta bien reciente, una serie de costumbres -de cosas, como dice Ermilo- que eran comunes a todo el mapa hispánico. (Perdón por el termino; no soy "imperialista", aun nacido en Toledo, y por no serlo hace casi 20 años salí de mi tierra). Lo que cuenta Ermilo de su Mérida, es aplicable a cualquier lugar del mundo hispano. Bastan unos ejemplos: "Semana Santa", "De Sobremesa" y "Tertulias de botica". El propio uso de la palabra botica que, en los lugares progresistas, fue sustituido por el más académico de farmacia -es común a tal mundo. Pero con la desaparición de la botica- ¡oh la botica de La Verbena de la Paloma! -Por desgracia tambien desapareció la tertulia. ¿Qué diré del "tirahule" que nosostros llamamos "Tirador" y "honda"? También sobrevive "El atrio de la catedral", con sus habituales contertulios o huéspedes. ¿Y esa distinción de "señora, esposa y mujer"? También se hace, según la clase social, en España. "Las mulitas del gobernador" me traen recuerdos de mi infancia en que por las estrechas calles de Toledo circulaba igualmente el coche del señor gobernador, el militar que tenía más prestigio y autoridad en la vida española sujeta casi siempre a la "férula castrense". Aquel coche era tirado por una pareja de mulas color barquillo que despertaban la admiración de todos los vecinos, y que al sólo verlas se notaba la presencia de tan alta autoridad, pero que, a diferencia de las de Mérida, llegaron a compenetrarse de tal manera con la persona del gobernador que era difícil distinguir quién era el que tenía la autoridad. La "Hora que queda" designado con el tema más militar de "retreta" tenía las mismas consecuencias en la vida de la "imperial ciudad" que en la Mérida yucateca. "Las Perchas", "El candil", "El estrado", "Los prismas", "El caracol"... todos estos objetos o utensilios son cosas del pasado -de nuestro pasado común- de un pasado cercano pero que nos parece alejado como si nuestra vida en vez de contarse por años se contara en décadas. Todo esto y más nos lo cuenta Ermilo, en forma agradable y llena de poesía; es historia e historia de erudito, pero también de poeta que sabe conmovernos con su descripción precisa y llena de nostalgia tan suave y agridulce, que nos hace correr lágrimas, no sabemos si de alegría por el recuerdo de cosas queridas, o de tristeza por ser algo de un tiempo "que se va para no volver".

      "La Tinaja", "El gancho", son también objetos reales todavía y que, no obstante la vida moderna y sus consecuencias, seguirán viviendo en los pueblos de un lado y otro del Atlántico en que se hable la lengua de Cervantes, como dicen los profesores de literatura.

      Seguiría escribiendo, empujado por la lectura de estas páginas de Cosas de mi pueblo, pero bien está que mi entusiasmo sólo sirva para recomendar a quien tenga la suerte de tener este libro entre sus manos que no lo deje de leer. Porque yo le digo que con él pasará un rato de veras agradable.

      Amigo lector, lee las Cosas de mi pueblo. Te aseguro que no te pesará. Cuando te vayas a dar cuenta ya habrás terminado. Te conquistará. Tal vez rememores tiempos idos, cantando a media voz aquello de:

"Estaba la Pájara Pinta
sentada en su verde limón;"
O tal vez te venga a la memoria lo que escribiste en la escuela, con letra grande, torpe y vacilante, "Si este libro se perdiera..." en el clásico Mantilla.

Javier Malagón


Washington D.C., 1956.



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