TIPOS Y SEÑORES



El chino que vendía cacahuate
Al anochecer pasaba por las calles un chino que vendía cacahuate. Era un chino pálido y macilento; caminaba despacio, calzaba sandalias y vestía camisa negra y reluciente, abrochada con botones de cuero. Se cubría con un gorro con mota y por la espalda le caía la coleta. En una mochila de dos bolsas llevaba los cacahuates. Con voz apagada, asomándose a los postigos, decía:
—¡Cacahuate!
Sí alguien lo llamaba metía la mano en la mochila y sacaba un puño de cacahuates. No daba uno de más. Cada puño costaba un centavo.

El Conde Miraflores
El Conde de Miraflores era un señor alto y flaco, vestía de levita y no se apeaba la chistera. En las noches de retreta iba a la Plaza de Armas y allí, solo y grave, con las manos a la espalda o balanceando el bastón, daba vueltas frente al Cabildo. Para saludar se llevaba la mano al sombrero, lo levantaba y lo mantenía en el aire por breves momentos. Realmente el Conde de Miraflores era un hombre muy fino.

Don Fernando Pérez
A don Fernando Pérez le decían "don Fernando, el artista". Don Fernando era un viejecito que sabía hacer la mar de cosas; lo mismo componía un reloj que remendaba una babucha, que tocaba la guitarra o armaba un carro alegórico. Y la verdad todo lo hacía bien y como jugando. Además, cuando estaba de humor, cantaba lindas canciones de la tierra. Por la noche, en la tertulia de su casa, se ponía a contar historias de los tiempos viejos. Siempre eran historias de aparecidos, indios y de brujas y nunca terminaban. Después de cada episodio don Fernando decía:
—Pues la cosa no acabó así, pues como al año siguiente sucedió que...

Doña Clotilde
La chismosa de mi pueblo se llamaba doña Clotilde. Doña Clotilde era una mujer entrada en años. Fluctuaba —a juzgar por las arrugas y las canas— entre los cincuenta y los sesenta años. Ella decía —sin embargo— que no llegaba a los treinta y para probarlo sacaba sus cuentas.
—Yo era niña cuando el centenario de Colón.
No tenía oficio ni beneficio. No se casó nunca, aunque —según ella— tuvo pretendientes a montones. Vivía arrimada a una hermana suya, casada y cargada de hijos. De la mañana a la tarde doña Clotilde iba de casa en casa husmeando, oyendo y soltando especies. Lo sabía todo, lo enredaba todo y lo decía todo. Doña Clotilde, por otra parte, se creía la más discreta y callada mujer del pueblo; y así, cuando oía un chisme, hacía aspavientos, se persignaba y decía:
—¡Válgame Dios, las cosas que se dicen ahora!

El relojero
Se llamaba don Fabio y parecía el propio Dios Cronos con su guadaña y todo. Era alto, huesudo y usaba barba. Su cara era adusta. Junto a la ventana de su casa tenía su pupitre y aquí, entre martillos y pinzas, se pasaba las horas, encorvado y taciturno, con un aparato negro en un ojo. Cuando hablaba tenía como un movimiento rítmico de péndulo: tic-tac. Parecía que de su boca, desdentada, iba a salir el pajarito de un reloj de cucu.

El ciego
Siempre se le vio sentado en un banco del atrio de la catedral. En el cuello, llevaba un letrero y para llamar la atención de los feligreses tocaba una campanita. Cuando alguien le daba algo decía:
—Dios se lo pague.
Después de la Oración volvía a su casa. Con su bastón golpeaba las aceras y las paredes: toc-toc-toc.

El cojo
Nadie sabía cómo se llamaba; los vecinos lo conocían por el Cojo. La gente decía:
—Ahí viene el cojo.
—Aquí está el cojo.
No se molestaba de que le llamaran así; bien sabía que no era más que eso: el Cojo. Y así, rengueando, encogido de hombros, iba de sitio en sitio haciendo sus diligencias. La verdad, no le importaba nada; nada, ni ser cojo.

Chan Cil
Chan Cil —el pequeño Cirilo— era el trovador más popular de mi pueblo. Si mal no recuerdo, Chan Cil, era un hombre pequeñito y un poco cargado de hombros y llevaba terciada a la espalda una mandolina. Componía y tocaba sus canciones. La letra era vulgar, sencilla y hasta torpe pero ¡qué sabor y qué regusto de pueblo había en ella!

García Montero
Se apellidaba García Montero, pero de su nombre de pila no me acuerdo bien. Tal vez era José. García Montero tenía el pelo blanco y las guedejas le caían sobre el cuello. Era dramaturgo y se había atrevido a escribir lindas comedias en lenguaje popular, con gran escándalo de los pobres diablos a quienes se les enreda la lengua invocando a Clío y a las otras nodrizas del Parnaso.
En noches de retreta, a García Montero se le veía sentado en una banca frente al Palacio Municipal; allí se pasaba las horas escuchando las mazurcas y las oberturas que tocaba la banda. Vivía en una casa de la calle de Santiago, llena de objetos raros —jarrones, biombos, cornucopias y arañas. A la entreda del patio se veía un negrito de barro, de tamaño natural.

Barberos
Los barberos tenían sus talleres en lugares pequeños y oscuros. Estos fígaros usaban sillones de madera, pintados de blanco, donde se repantigaban los clientes. Vestían muy peripuestos, pantalón negro, zapatos amarillos y saco de dril. En horas de ocio se clavaban el peine en el pelo y se ponían a jugar dominó.

Don Cecilio Leal
Don Cecilio Leal era un viejecito que tenía una imprenta cerca de la calle del Comercio. Era una imprenta de la que salían cartelitos, tarjetas de visita, de bautizo, de matrimonio y esquelas de defunción. Pero lo más notable de la imprenta era su dueño. Don Cecilio vestía de blanco y no olvidaba la flor en el ojal. En la puerta de su taller se sentaba a tomar el fresco y a recitar, al derecho y al revés, los versos que componía.

El carbonero
El carbonero llevaba el carbón en una carreta tirada por una o dos mulas. Así recorría las calles y las plazas pregonando su mercancía. De vez en vez gritaba:
—¡Carbón! ¡Carbón para la cocina!
Y las dueñas, desde las ventas, lo llamaban y le compraban uno, dos o tres sacos, los cuales, se apilaban en el sótano o en la despensa.

El gachupín de las castañas
Nadie sabía su nombre ni de dónde venía. Después de las fiestas de la Inmaculada hacía su aparición y en los portales del Cabildo al anochecer, plantaba su tienda: un anafre y una canasta llena de castañas. A la vista de los clientes las asaba y se ponía a gritar:
—¡Castañas! ¡Castañas asadas! ¡Qué son de la Sierra! ¡Qué son de la Sierra! ¡Calientitas y a la boca!
La gente lo llamaba el gachupín de las castañas.
Pasada la Noche Buena el hombre desaparecía y no se le volvía a ver en ninguna parte.

Doña Endrina
Doña Endrina salía a la calle con la cabeza descubierta, luciendo su mata de pelo negro. Las trenzas le caían sobre la espalda hasta la cintura. La gente se hacía lenguas del pelo de donña Endrina.
—Es puro azabache —decían los hombres.
—Es pura pintura —comentaban las mujeres.
Cuando en confianza doña Endrina hablaba de su pelo decía:
—No les extrañe, en mi familia todos han tenido el pelo negro. Mi abuela que murió centenaria, no tuvo nunca una cana.
Mas por las noches doña Endrina con un cepillo se tenía que quitar el hollín que le ennegrecía el cogote.

El farolero
¡Qué tristes eran los faroleros! A eso de las seis de la tarde, con una escalera apoyada en la cabeza recorrían las calles y las plazas de la ciudad. Junto a cada poste, arrimaban la escalera y trepaban dos o tres peldaños; abrían el farol y encendían la mecha.
Por la mañana, antes de que saliera el sol, volvía el farolero a recorrer la ciudad para apagar los faroles. A veces, en su prisa olvidaba alguno y quedaba encendido todo el día.

Xtoles
Los xtoles eran indios que formaban la guardia nacional. Vestían chamarra blanca y sombrero de lona con cinta roja. Llevaba fusil y machete, caminaban descalzos y dormían en el cuartel, a ras de tierra. No tenían ánimo para nada. Cuando saludaban se quitaban el sombrero reverentes.

Personajes de carnaval
Cada año, durante los días del carnaval, hacían su aparición tres sujetos ocurrentes regocijados. Con sus travesuras llenaban de alegría la ciudad. Lo que no se les ocurría a ellos no se le ocurría a nadie. Eran capaces de cualquier barbaridad. Uno se llamaba Huecho Marín, otro Felipe Ibarra y al otro le decían el Chato Novelo.
No había paseo, ni bando, ni corso, ni baile, ni comparsa en donde no estuvieran presentes haciendo de las suyas. Para el entierro del dios Momo echaban el resto de sus ocurrencias. Los tres aparecían en una carroza fúnebre; uno hacía de Momo, metido en un ataúd; otro de viuda, vestida de negro y llorando a moco tendido y el otro de fraile, armado de un hisopo. Y no se sabía quién de los tres decía más picardías ni quién cometía más sacrilegios.

Las gitanas
De pronto aparecían una gitanas. ¿De dónde venían? ¿A dónde iban? En un solar de las afueras plantaban su carromato e iban luego de asa en casa leyendo la palma de la mano, haciendo conjuros y robando lo que podían. Eran gente sucia, extraña y mal encarada. Vestían harapos y hablaban un castellano arcaico y enrevesado. Por un centavo armaban un lío y soltaban la lengua con las más horrendas maldiciones.

Mujeres de mala nota
Todos las conocían. Pasaban una veces en coche, vestidas de modo llamativo con colorines, los labios pintados y el cigarrillo en la boca. Los hombres les hacían señas y las mujeres les volvían la espalda. Si se detenían en alguna parte se cerraban las ventanas y los postigos; las viejas decían que aquellas mujeres no tenían perdón de Dios y que al morir irían derechitas al infierno.

El afilador
El afilador casi siempre era un italiano. Su carrito tenía una rueda, con la cual le daba vueltas al torno y al esmeril. Iba por las calles tocando un camarillo. ¡Qué melancólica, qué triste era su música! Era como un lamento, como la voz humilde del cansancio.

El Padre Ortiz
El Padre Ortiz era un indio rechoncho, moreno, malicioso, y dicharachero. Tenía fama de ocurrente. Le hablaba de tú al Obispo. Para ir a la Casa Cural —que estaba frente al Sagrario— se levantaba la sotana y así en dos zancadas, cruzaba la calle; luego la dejaba caer en el atrio y decía, entre malicioso y burlesco:
—¡Cosas de Juárez! Manda subir las faldas pero no manda bajarlas!

El húngaro
De pronto aparecía por las calles, plazas y barrios, un húngaro con un oso y un mono. Mientras el húngaro tocaba la pandereta, el oso se ponía a bailar de dos patas. Después de cada baile el mono saltaba de los hombros de su amo y, quitándose la gorra, pedía una moneda a los curiosos. Algunos le daban algo, pero los más le volvían la espalda.
La presencia del húngaro duraba poco tiempo. Un día no se le veía más y de él sólo quedaba el recuerdo de una canción triste y extraña.

Los funcionarios
En aquellos días los funcionarios del gobierno —el alcalde, el tesorero, el juez, el procurador, el aguacil— eran gente seria, adusta, patilluda y de mucho empaque. Todos tenían cara de pocos amigos, vestían paños oscuros y bombín de fieltro y ninguno olvidaba el bastón. Hablaban con gravedad y cuando decían el nombre de don Porfirio se quitaban el sombrero y bajaban los ojos.

Los indios
Casi todos los indios de mi tierra viven en el campo, como sirvientes de las haciendas. Viven en sus chozas y no se meten con nadie: de la milpa a la choza, de la choza a la iglesia, de la iglesia —si es fiesta— a la taberna a tomar, si está nublado mistela, sí hay sol, aguardiente. Los domingos por la mañana van a misa y por la tarde a la vaquería. El indio está contento si lo dejan en paz. No pide nada, ni le interesa nada, acaso porque dentro de sí, lo tiene todo.

Las domésticas
En mi época las criadas se llamaban domésticas. Estas criadas no tenían salario ni libertad. De por vida servían en las casas ricas. Para que no anduvieran desnudas se les regalaba un poco de ropa. Comían en la cocina los desperdicios de la mesa y dormían en el corralón de la casa casi siempre en el suelo, sobre una manta. Pocas tenían hamaca. Además de la faena diaria sufrían los malos tratos del amo y, a veces, la lascivia de los señoritos. Si se enfermaban, las más iban a parar al hospital.



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